Los cambios en el funcionamiento de la vejiga y el intestino después de un ictus son más frecuentes de lo que muchas personas imaginan. Afrontarlos puede resultar difícil e incluso sentirse como un gran paso atrás durante la recuperación. Sin embargo, existen formas de manejarlos, tratarlos y, en muchos casos, superarlos por completo. Con la atención adecuada, el apoyo necesario y algunas decisiones prácticas en el día a día, el proceso de recuperación puede resultar mucho menos abrumador y mucho más llevadero.
¿Por qué un ictus puede causar incontinencia?
Cuando una persona sufre un ictus, significa que el flujo de sangre hacia una parte del cerebro se ha interrumpido. Esta falta de riego sanguíneo puede afectar a distintas funciones del organismo, como el habla, la memoria, la movilidad y, en algunos casos, también al control de la vejiga y del intestino.
Cada ictus es diferente y puede afectar a distintas áreas del cerebro. Si la lesión afecta a la zona encargada de controlar los músculos del suelo pélvico, la vejiga o el intestino, pueden aparecer escapes de orina o de heces durante el proceso de recuperación.
Esto puede manifestarse de distintas maneras:
- El cerebro puede no ser capaz de enviar señales claras a la vejiga o al intestino, dificultando el control de la micción o la evacuación.
- Los músculos del suelo pélvico pueden debilitarse o resultar más difíciles de controlar, aumentando el riesgo de escapes.
- Puede resultar más complicado reconocer la necesidad de ir al baño, por lo que no siempre se llega a tiempo.
- La pérdida de memoria o la confusión pueden hacer más difícil seguir una rutina para ir al baño de forma regular.
Puede ser una situación frustrante, pero no significa que estés fracasando en tu recuperación. Y lo más importante: la incontinencia no es permanente en todas las personas. Con el tratamiento y el apoyo adecuados, muchas personas experimentan una mejora significativa a medida que avanza su recuperación.
Consejos para gestionar la incontinencia después de un ictus
La recuperación después de un ictus ya implica mucho. Si además aparece la incontinencia, es normal sentir que estás perdiendo parte de tu independencia.
Pero hay algo importante que recordar: tu comodidad, tu dignidad y tu confianza siguen estando a tu alcance. Existen herramientas, estrategias y sistemas de apoyo que pueden ayudarte a recuperar poco a poco una mayor sensación de control.
No se trata de fingir que todo es fácil. Se trata de reconocer lo que sí es posible y avanzar paso a paso.
1. Fisioterapia del suelo pélvico
Después de un ictus, los músculos del suelo pélvico pueden debilitarse o dejar de funcionar como antes. En estos casos, la fisioterapia especializada en suelo pélvico puede desempeñar un papel muy importante en la recuperación.
Un fisioterapeuta especializado puede ayudarte con:
- Ejercicios para fortalecer los músculos que rodean la vejiga y el intestino.
- El seguimiento de tu evolución mediante las herramientas y métodos que considere más adecuados.
- Programas de ejercicios personalizados, diseñados para favorecer la recuperación y reducir los escapes de orina o de heces.
Aunque existen ejercicios para fortalecer el suelo pélvico que puedes realizar en casa, es recomendable consultar primero con tu médico o con un fisioterapeuta especializado antes de empezar. Cada recuperación tras un ictus es diferente, y contar con orientación profesional puede marcar una gran diferencia en los resultados.
2. Alimentación e hidratación
Lo que comes y bebes puede influir en el funcionamiento de la vejiga y el intestino mucho más de lo que imaginas. Algunos alimentos y bebidas pueden irritar la vejiga y favorecer la aparición de escapes. Aprender cómo responde tu cuerpo a determinados alimentos es una buena forma de mejorar el confort y recuperar el control, sin que las comidas se conviertan en una fuente de estrés.
Alimentos y bebidas que conviene limitar o evitar
- Café, ya que la cafeína estimula la vejiga.
- Refrescos y bebidas con gas, incluida el agua con gas.
- Bebidas alcohólicas.
- Frutas cítricas, como naranjas, limones y limas.
- Tomates y alimentos elaborados a base de tomate.
- Chocolate.
- Alimentos muy picantes o con un alto contenido en sal.